La calidad de las cámaras fotográficas, que cualquiera de nosotros tiene a su alcance en los comercios especializados, y la automatización de sus sofisticados mecanismos, pueden transformar a un novato o simple aficionado, en un fotógrafo aceptable. Esas pequeñas y sofisticadas máquinas “inteligentes”, captan imágenes con escasa intervención humana. El objetivo recibe un estímulo de la realidad, un paisaje, una calle, un rostro y lo reproduce sobre un papel o en una pantalla. Una mirada rápida permite comprobar la semejanza entre lo visto y lo retratado.
Si en cambio estamos frente a un amante de la fotografía, inmediatamente tendremos una percepción diferente. Ya no se tratará solamente de una reproducción técnicamente bien lograda de imágenes que se asemejan a la realidad percibida por nuestros ojos. No. Descubriremos la composición en la que el fotógrafo busca y organiza los elementos visuales con criterios estéticos para dar equilibrio a la imagen.
Por otra parte si nos detenemos ante la obra de un profesional veremos que además de aferrarse a la belleza de las imágenes que reproduce, se siente comprometido con los elementos naturales o sociales de los cuales da testimonio y, a pesar de la subjetividad propia del artista, se considera obligado a darnos una visión lo más fidedigna posible de los hechos que representa.
Juan Erlich sin embargo, trasciende esta descripción de artista y de profesional para introducirnos en un mundo recreado por él, en una extraña simbiosis entre lo que ve y lo que imagina. Combina su rol de fotógrafo con un estilo visual interpretativo e intemporal, para reproducir, junto a lo característico de una escena natural, elementos o animales propios de las fábulas. Reescribe los viejos textos escolares de zoología y botánica. Juega en un universo de criaturas fantásticas sólo posible en sus fotografías.
Gracias a su cámara fotográfica, a las modernas tecnologías y fundamentalmente gracias a su talento, Juan Erlich nos invita a reflexionar con un lenguaje poético, no exento de crítica, sobre la supervivencia de la naturaleza en un mundo en el cual el hombre está ausente.
María Elena Borasca |